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Pedaleando
de Valencia a Roma
La filosofía de estas vacaciones ha seguido la línea de los anteriores años. Viajar lentamente, disfrutando de las pequeñas cosas que vamos encontrando; los paisajes, las conversaciones con la gente, la convivencia, los cielos estrellados, nublados, rosados… Siempre pedaleamos sin prisas. Una de nuestras máximas es “el que viaja demasiado deprisa se pierde la esencia del viaje”. También viajamos casi casi en austeridad, con algo menos de lo necesario, y un poquito de dinero, por ejemplo en los 68 días que duró nuestra ruta, tan solo gastamos 96 euros por cabeza (fuimos dos). Nuestra filosofía también se basa en movernos por lugares cercanos ya que pensamos que no hace falta marcharse a Pekín para vivir auténticas aventuras. Centrándonos un poquito más en nuestras vacaciones de este verano, todo comenzó el 24 de julio, día que salimos desde nuestra Valencia natal: llevábamos las alforjas repletas de sueños, de ilusión, de alegría, de ganas y, en menor medida, algo de comida y ropa. Intentamos dejar en nuestras casas los miedos del viaje, aunque la verdad es que alguno se debió de colar por algún sitio.
1.
Entre campos de naranjas, en Nules El recorrido que realizamos fue, a grandes rasgos: dejar el mar a
la derecha y pedalear paralelamente a él. Aunque como no
teníamos nada de prisa, pues fuimos desviándonos para
ver todo aquello que nos interesaba. En Castellón nos desviamos
hasta Tales, para poder pasar una noche en casa de un ermitaño
franciscano que vive en mitad del monte. Luego, en Cataluña,
también nos desviamos para visitar a un amigo de Zaragoza
que veraneaba por allí, en Hospitalet de l’Infant.
Unos días después nos desviamos por Poblet, por Montserrat,
por Solius… Uno de los objetivos de la peregrinación
era espiritual, esta es la razón también de la búsqueda
de todos estos enclaves tan propiamente cristianos. En Francia priorizamos
el poso histórico y artístico y visitamos Narbona,
Montpellier, Arles, Nimes. En Italia la “rectitud” de
la ruta la olvidamos y nos dejamos llevar por la bella Italia, recorriendo
toda la zona de Liguria por la costa, cruzando las bellísimas
“Cinque Terre” pero luego, perdiéndonos por los
interiores encantadores de la Toscana y de la Umbría, pasamos
por Lucca, Pisa, Firenze, Arezzo, La Verna, Gubbio, Assisi, Greccio,
Rieti… hasta Roma. 2.
Camino de Solius De infraestructura, solamente llevábamos las bicis, esterillas, sacos de dormir y una funda de vivack, no llevábamos tienda de campaña, ni nada. Esto nos permitía poder dormir en cualquier lugar, desde playas, a montañas, pasando por paradas de autobús, pistas forestales, parques… Quizás uno de las mejores noches fue la que pasamos en la Sierra de Irta, a la que también tuvimos que desviarnos un poco para poder disfrutarla. Dormimos en una de sus playas, el cielo estaba estrellado, al fondo la ciudad de Peñíscola, el tómbolo coronado por el castillo templario perfectamente iluminado, el sonido de las olas del mar… Otra noche que no olvidaremos fue la que pasamos en Sant Pere de Rodes: dormimos fuera, debajo de unos arquillos, con el cap de Creus como telón de fondo, pudimos disfrutar de uno de los mejores amaneceres de nuestra vida. También pasamos muchas noches acogidos en alguna parroquia o algún convento, incluso el hecho de estar abiertos a la suerte, a “lo que surja” nos hizo vivir noches ecuménicas, en Cabanes, encontramos un cartel que ponía algo así: Casa-Monasterio Budista. Decidimos ir a pedir un poco de agua, eran las 12 de la mañana y hacía muchísimo calor. Acabamos comiendo, cenando y durmiendo allí, fue una experiencia increíblemente plenificadora. Pero sin lugar a dudas lo que ha hecho de este viaje algo especial ha sido las conversaciones con la gente, el hecho de preguntarles, de iniciar un diálogo, de que sean ellos los que nos cuenten las historias, las leyendas, las curiosidades del lugar, creo firmemente que es la mejor forma de aprender, de conocer, de crecer como persona. Por último tendremos que contar algo de la llegada a Roma, fue emocionante, como todo final de una peregrinación, pero la verdad no seguía la sintonía del camino, fueron kilómetros que hubo más remedio que recorrerlos por una carretera con bastante tráfico, un arcén estrecho… Aunque como consuelo me quedo con la frase que alguien dijo alguna vez; “es el camino lo que cambia al peregrino y no la meta”. 3.
Mi bici por un camino de la Toscana |
