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Vacaciones
como voluntario
He estado en proyectos como por ejemplo Chavicar, en Logroño, que es un proyecto que trabaja creando puestos de trabajo a gente con dificultades a través del reciclaje de chatarra, vidrio y cartón (de ahí viene su nombre “Cha-vi-car”) y también con la recogida de ropa para su posterior selección y venta. Aquí me encontré con realidades que, como mucho, antes había podido conocer de lejos y en la television: extranjeros que llegan a buscarse la vida y se encuentran con una realidad diferente a la que soñaban o personas cuyo único pecado es nacer en lo que actualmente se denomina “grupos sociales minoritarios”. A través de ellos he aprendido a diferenciar lo realmente importante de lo superfluo y también he conocido una parte real de mi mundo que de otra manera habría pasado desapercibida delante de mis ojos. Otro proyecto en el que he podido estar es Africa Etxea, en Olite. Es una casa de acogida para inmigrantes en el que se imparte formacion profesional y lingüística, se da alojamiento, comida e información profesional. Allí la labor consistía en dar clases de castellano, hacer chapucillas en la casa, ayudar en la huerta, etc... Pero sobre todo estar con la gente, hablar, escuchar, compartir lo que somos todos: personas. Aún me acuerdo de una partida de ajedrez que le debo a Bisser, un hombre que vino de Rumania a buscarse la vida, con lo puesto y con mucha alegría. Recuerdo cómo hablando con él, mientras este hombre nos contaba su historia, yo me quedaba atónito cuando nos narraba su odisea de cómo llegó a España a través de 3 países, o cuando nos dimos cuenta de que llevaba únicamente 3 meses en España y estábamos hablando con él en castellano de forma fluida (con unas cuantas limitaciones de vocabulario). Personas como ésta son las que hacen que me dé cuenta de lo “niño” que soy y me ayudan a apreciar lo que tengo, que se me ha dado regalado y de lo que, muchas veces, no soy consciente. Por último hablaré de una constante en mi vida a la que le tengo mucho cariño. Se trata del campamento que realizamos todos los veranos con nuestros chavales de Oinez. Una semana en la que, menos dormir, hacemos de todo. Saltar, correr, gritar, jugar. Requiere mucho esfuerzo (tanto nuestro como de los pequeñajos) y el cansancio al final de la semana se nota. Sobre todo el día que les dejamos con sus padres y hacemos la evaluación del año. Ahí, recordando todo el año, nos damos cuenta de todo lo que hemos hecho, vivido, experimentado, nos damos cuenta de que a pesar de que nosotros no somos los destinatarios del proyecto, tal vez seamos los que más jugo le hemos sacado al curso.
Aconsejo a todo el mundo que pruebe la experiencia del voluntariado,
de los campos de trabajo. Que se dé cuenta de que
al final, de verdad, se recibe más de lo que se da. Que
experimente cómo compartir la vida te enriquece como persona.
Y que gastar tiempo en quemarse al sol no te aporta nada (aparte
de un posible cáncer de piel). |
